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SOBRE LAS MUJERES NARRADAS POR HOMBRES

La condición femenina según un narrador…

Leyendo Me llamo Rojo me surgió la pregunta de, cómo hacen los escritores para construir el pensamiento de sus personajes femeninos y cómo hacen para convencernos de esa feminidad…

La pregunta surgió al comienzo de la novela, en el capítulo “Yo, Sekure”, en el que la madre del pequeño Orhan “juega” con Negro. Allí se nos da una muestra de la vacilación femenina en los actos contradictorios de Sekure con el "pobre" Negro. Ella se dice a sí misma:

“Negro no es solo apuesto, mírale a los ojos, su corazón es como el de un niño, limpio y solitario. Cásate con él. Pero yo le había enviado una carta en la que le decía justo lo contrario”.

Inmediatamente después, de una forma muy poética, Sekure lee su relación de amor y amistad con Negro a la luz de la leyenda de Hüsrev y Sirin, muchas veces representada en las ilustraciones de los grandes maestros del Herat. Por esta digresión, parecería que ella sí está enamorada de él.

En el capítulo 54, ya finalizando la voluminosa historia, el cuentista del café al que asisten los ilustradores, me sorprende, porque formula la misma pregunta que yo me había hecho al inicio:
“¡Señor cuentista, puedes imitar cualquier cosa pero no puedes ser una mujer! Eso dicen pero yo afirmo lo contrario. Sí no he podido casarme porque he estado continuamente de ciudad en ciudad narrando historias hasta medianoche e imitando cualquier cosa hasta enronquecer en bodas, diversiones y cafés. Pero eso no significa en absoluto que no conozca a las mujeres.” (p. 523)

Ahora, la burla del cuentista del efecto femenino en los hombres occidentales es buenísima:

“[...] como ver a una mujer con la cara descubierta, hablar con ella y verla en su condición humana puede provocar en nosotros, los hombres, profundos dolores carnales y espirituales, lo mejor es no verlas antes de la boda, como ordena nuestra religión, especialmente a las hermosas. Para satisfacer las necesidades del cuerpo la única solución es buscar la amistad de apuestos muchachos que no tienen nada que envidiar a las mujeres, y esto acaba por convertirse en una dulce costumbre. En las ciudades de los francos las mujeres se pasean llevando al descubierto no solo sus rostros sino también sus brillantes cabellos, lo más atractivo de una mujer, y además, sus cuellos, sus brazos, sus hermosas gargantas y, si lo que cuentan es cierto, parte de sus preciosas piernas, y por esa razón los hombres andan con sus partes siempre erectas y caminan avergonzados, doloridos y a duras penas, lo cual, por supuesto, lleva a la parálisis de su sociedad. Ese es el motivo por el que cada día los infieles francos pierden una fortaleza ante el Otomano.” (p. 524)
Al final del libro, después de la burla del cuentista sobre esas mujeres occidentales y los "pobres" hombres que viven sólo pensando en sexo, la misma Sekure responde a mi pregunta de cómo hacen los autores hombres para presentar la que he llamado, condición femenina. Ellos la fasifican:

“como los ilustradores lo saben, es algo que no pueden pintar. Así pues, sustituyen la felicidad de la vida por el gozo de la vista.”

Y Sekure es el sueño de un hombre.

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