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La muerte y el abuelo

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Desde que murió María, tomé distancia del abuelo, su presencia ya no hacía parte de mi cotidianidad, los avatares de la vida nos separaron. Por eso para mí la mayoría de los recuerdos del abuelo están vinculados a María y a ese ámbito que era ella, de calor, protección, afabilidad, y silencio. Silencio sólo interrumpido por el bullicioso abuelo, sus carcajadas, sus “maruuuuja”, sus historias, su imitación de fuegos artificiales, sus coplas e incitaciones a celebrar.

Anoche me dormí pensando en las cosas que había aprendido del abuelo y, al tiempo, no podía dejar de recordar la sombra que poco a poco cobijó el cándido rostro de María y terminó suplantándolo, una sombra terrible, la cara del dolor. Tuve pesadillas. La sombra apareció para jugarme bromas acá, en mi casa de la calle Xola. Pero esta sombra tenía una apariencia distinta, esta vez era un niño travieso, como el abuelo. Seguramente ella se mimetiza en el aura, el carácter o el humor, de aquel que rapta. Unos días antes de que muriera el otro abuelo, Chucho, Juan también vio a la muerte e hizo un dibujo, pero creo que no lo conserva. Borges tiene un relato que habla de la muerte de otro escritor, Pedro Henríquez Ureña, y en él, ella es una voz que se presenta en un sueño y responde una invocación poética. La última vez que ellos se vieron, habían citado dos viejos versos. Unos que dicen, “Sin la templanza, ¿Viste tú perfecta alguna cosa? ¡Oh, muerte! ven callada, como sueles venir en la saeta”. Para Borges aquellas palabras, que piden morir sin agonía, fueron una especie de llamado a una voz femenina que visitó en sueños a Henríquez Ureña y sorpresivamente se lo llevó. En este caso, la muerte se mimetizó en la poesía.

Cuando me enteré de los padecimientos del viejo, sentí tristeza y compasión. Discutí con Alejo, con David y con mamá, recordé los versos y se los leí. Dos días después murió, quizá, también funcionó la invocación poética. Me alegra que su agonía no se prolongara. Pero para la muerte no era suficiente con visitar al abuelo, tenía que venir a responder mi invocación, debía aparecerse ante mí con un forma distinta a la que tomó en el rostro de María. Por eso la misma noche que él dejó de respirar, yo tuve una pesadilla. Esta vez ella era la sombra de un niño que recuerdo jugando con mis escritos y mi computador, corriendo del baño al cuarto donde trabajo y viceversa, poniéndolo todo al revés. Burlándose de mí.

Una sombra de un niño travieso, eso representa la imagen que tengo del abuelo, imagen un poco bizarra puesta al lado de su vozarrón y su presencia de roble. Lo que me dejó fue el ejemplo de vivir con optimismo. Lo que me enseñó fueron cosas muy sencillas: el cuidado del propio cuerpo, la dentadura, la digestión, la piña en la mañana para los parásitos, el ajo para alejar las infecciones, el baile de los saltitos y a animar a los demás para la fiesta. Bueno, pero también, me ilustró en sus gustos sibaritas, los que ayudan a la salud del alma: un trago Whisky puro, ojalá Buchanan's, que además es bueno “pa' desvalijar”; y una buena cerveza, de las que dejan sabor en la boca, como la Club Colombia... A mí me hubiera gustado que me anotara algunos trucos del arte del que fue al parecer un versado,“el arte de conquistar”.

Estas palabras son para recordar al abuelo, pero al tiempo son para reconfortar el alma de papá. Él a quien le encantan las palabras y que me enseñó el gusto por ellas y por el mundo de letras, frases, historias, poemas; ese mundo que ahora es mi universo.

En memoria del abuelo escucho un Requiem, no lo puedo compartir. Pero sí puedo citar algunos versos morales para el vivir, creo que al abuelo le hubieran gustado y entre copas y coplas se los hubiera apropiado:
“[...]
¿Qué es nuestra vida más que un breve día,
do apenas sale el sol, cuando se pierde
en las tinieblas de la noche fría?
[...]
Mísero aquel que corre y se dilata
por cuantos son los climas y los mares,
perseguidor del oro y de la plata!

Un ángulo me basta entre mis lares,
un libro y un amigo, un sueño breve,
que no perturben deudas ni pesares. [...]” (fragmentos, Andrés Fernández de Andrada:
                                                                      “Epístola moral a Fabio”)

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