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Imágenes de las bestias de Cortázar


Ayer Miguel vino a casa, tomamos té, comimos galletas y mientras hablábamos de la vida en general se paró y comenzó a ojear los libros que tenemos en el estante de la ventana. Sacó la edición casi destruida de la Real Academia de El Quijote, después se detuvo en La región más transparente, me preguntó qué me parecía y yo le dije que era un libro muchas veces comenzado pero que no había podido pasar de la página cincuenta. Él lo dejó y enseguida dio un vistazo al volumen, Cuentos completos I de Cortazar, en la edición de Alfaguara. Abrió las primeras páginas y leyó en voz alta los títulos del índice, yo entonces le conté que fue un regalo de mi papá, junto con Las palabras y las cosas de Michel Foucault, por los días en que decidí dejar la ingeniería y dedicarme a la literatura.
Entonces no hablamos más y él se quedó atrapado leyendo algún fragmento, yo traté de recordar los cuentos que más me gustaban, aquellos de los que aún guardaba algún recuerdo después de mucho tiempo de no leerlos u ojearlos, lo inolvidable de los mundos de Cortazar que durante algunos años me fascinaron. Sólo logré traer a mi mente en ese instante dos escenas y no pude menos que buscarlas y releerlas. !Errado proceder! Ellas me volvieron a obsesionar y hoy me desperté con ganas de reproducirlas. Las dos eran del Bestiario:
  1. El acto incontenible de vomitar conejitos rosados: “Cuando siento que voy a vomitar un conejito, me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante”.
  2. También la usurpación siniestra del cuerpo, un abrazo en que se intercambian dos vidas: “A Alina le dolió el cierre de la cartera que la fuerza del abrazo le clavaba entre los senos con una laceración dulce, sostenible. Ceñía a la mujer delgadísima, sintiéndola entera y absoluta dentro de su brazo, con un crecer de felicidad igual a un himno, a un soltarse de palomas, al río cantando. Cerró los ojos en la fusión total, rehuyendo las sensaciones de fuera, la luz crepuscular; repentinamente tan cansada, pero segura de su victoria, sin celebrarlo por tan suyo y por fin.
    Le pareció que dulcemente una de las dos lloraba. Debía ser ella porque sintió mojadas las mejillas, y el pómulo mismo doliéndole como si tuviera allí un golpe. También el cuello, y de pronto los hombros, agobiados por fatigas incontables. Al abrir los ojos (tan vez gritaba ya) vio que se habían separado. Ahora sí gritó. De frío, porque la nieve le estaba entrando por los zapatos rotos [...]” .
Éstas y cuando los personajes de Rayuela descubren que Rocamadour estaba muerto: francamente monstruosas e inolvidables.

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