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Sobre el movimiento o la sombría compulsión de lo económico


So the darkness shall be the light, and the stillness 
the dancing.
East Coker: T.S. Eliot

¿La inmovilidad será la danza? Una tarde de revisión de noticias y secciones culturales me hizo recapacitar en los límites de nuestras experiencias y en qué hace algunos estímulos más enriquecedores que otros. Pensé en, por ejemplo, por qué ir a un concierto en una sala con el poder de vigorosos instrumentos, hábiles intérpretes y voces humanas entrenadas y cuidadosamente organizadas en el tiempo me produce una sensación de plenitud y otros estímulos sonoros no tienen semejante efecto. Qué hace que ciertas experiencias puedan hacer más pobres nuestras capacidades comunicativas, más radicales nuestras opiniones, más bisoña nuestra idea de lo que es el mundo. Y, yendo un poco más allá, estuve cavilando en cómo nos entrenan para ser inexpertos e incapaces, para no poder responder creativamente ante la vida, sino que seamos parte de masas que cambiamos un voto por un mercado; la tranquilidad por ruido; la salud por el cancer; tranquilas caminatas por trancones y contaminación... Muchos culpan a los medios o a las pantallas.
Yo presumo que lo exiguo de nuestras experiencias no depende tanto del medio, depende más que nada, de lo limitado de los lenguajes que esos medios comunican. Lo que se transmite y tiene mayor circulación son discursos y formas que no fueron inspirados por sentimientos, ni siquiera por investigaciones o por algo de los descomunales acervos (científicos, artes, escrituras,...) que hoy existen, en cambio, siguen dialécticas del poder económico. Eso que circula y funciona bajo la lógica de lo económico por lo económico en sí, del poder por el poder en sí, eso se extiende a tener una herramienta por la herramienta en sí, como por ejemplo, un carro, un televisor, un jabón, un perfume, un ipod.... la cosa por la cosa en sí. De ahí que exista un abismo cada vez más grande entre los cúmulos de tecnologías o saberes especializados y las ideas, el lenguaje, los sonidos, en fin, las herramientas para sobrevivir, expresarse y comunicarse, con las que cuenta la mayoría de la población. ¡Experiencia agobiante! Ésta construye un círculo que intenta envolvernos en el ritmo del día a día y convertirse en una caverna invisible. Sonidos, opiniones, sentimientos y estereotipos se recrean, se difunden, se asimilan-modifican por los espectadores-lectores y se reproducen de nuevo sólo ligeramente mudados porque las fuentes son limitadas y la vida se emplea en conseguir y gastar dinero, no en crear obras estimulantes, en pensar en cómo nos organizamos o en hacer críticas profundas. Unas pocas experiencias se vuelven tema de conversación, producen sentimientos de identidad, filiación, nos crean ámbitos y se convierten en nuestro todo. Pero el medio, insisto, no es el problema sino el hecho que éste hace parte de un proceso cíclico que envuelve sólo a un pequeño conjunto de experiencias, la mayoría de las veces, delimitadas por la leyes del mercado o su extensión, el poder político. Un absoluto significante para millones de subyugados a la compulsión que determina nuestra vida: el subsistir, y en caso que ya se subsista, entonces, el tener más y más cosas; y cosas son las que hay en este mundo, (para comprobarlo podemos siempre darnos un paseo por los basureros de una ciudad).
De cualquier forma, la indigencia material y mental, siempre acompañada del desperdicio y montañas de basura, busca expandirse e inundar el mundo, ella quiere ser la única que se transmite y se reproduce en las pantallas, los impresos, y otros medios, quiere hacer cada vez más pequeño el círculo de la materia que se difunde, esto es, lenguajes, imágenes, ideas, cosmovisiones, valores, etc... Así, por ejemplo, la producción del cine, la televisión, prensa y hasta cierto arte o alguna literatura, hace imposible ampliar los marcos de las temáticas, los sonidos, las palabras, las historias, por eso reproducimos una y otra vez lugares comunes y estereotipos. No obstante, esto no es una novedad del último impulso de la globalización, es una vieja estrategia de control social. Para no ir muy lejos, en los años cincuenta del siglo anterior, Calvert Casey refiriéndose a editores estadounidenses, que encontraron en fotos insinuantes la manera de vender ediciones deficientes de las teorías psicoanalíticas, opinó que se trataba de un actuar siempre “atento a servir al gusto de los más (mejor de lo que se cree) y jamás intentando mejorarlo", o, por lo menos, ampliarlo. (Calvert Casey, Ciclón 1, vol. 2, La Habana, 1956)
Pero ahí no para el asunto, es mucho más complejo.Terry Eagleton en su libro de comienzos de la década de los noventa, Ideología, subrayó el hecho de que el problema de la televisión no era tanto el punto de vista político-ideológico que ella transmitía como el acto de sentarse a contemplarla por días y días, en lugar de utilizar las facultades humanas para hacer otras cosas en los ratos en que los trabajadores están fuera de las empresas. También recordó el pequeño detalle que siempre la coerción se ejerce gracias a lo económico y en menor medida a ideologías inventadas que nos inducen a todos a pensar x o y. Marx mismo lo resumió en una frase, “la sombría compulsión de lo económico”, es decir, los métodos macabros de expansión-explotación del mercado, esos que se crean y recrean en distintos tipos de esclavitudes-exterminios. Esa extraña compulsión, y no tanto las manipulaciones ideológicas transmitidas en los medios, es la que ejerce la mayor parte de la opresión. Esos medios sus materiales, esto es, religión, entretenimiento, o incluso, expresiones como el arte y la literatura, hacen lo suyo, claro: contribuyen a reducir experiencias y expectativas que construyen la propia vida. Ante esto cabría preguntarse: si la opresión de lo económico, el sueldo, el puesto, la subsistencia o en el peor de los casos, la esclavitud, determina gran parte de nuestra cotidianidad, ¿no sería lógico que intentáramos, en los ratos de supuesto ocio o descanso y hasta donde fuera posible, hacer dicha cotidianidad menos agobiante, salir de la lógica de lo económico?
Pues bien, no somos hojas en blanco, somos también productores y reproductores. “La sombría compulsión de lo económico”, sí. Pero ningún poder es absolutamente vertical pues como recuperó T. Eagleton de Gramsci, “la conciencia de los oprimidos suele ser una amalgama contradictoria de valores tomados de sus gobernantes, y de nociones que derivan de manera más directa de su experiencia práctica”. Esa 'experiencia práctica' es difícil de homogeneizar y a pesar de “la sombría compulsión...”, es engorroso limitar completamente todos los espacios de la vida. Ni los sistemas esclavistas, ni los fascismos, ni los imperialismos-colonizadores, tampoco los petroleros, lo han lograron y todos sabemos el empeño que han puesto en semejante labor, por eso hay muchos que podemos decidir si vemos y hacemos, o únicamente vemos; si en nuestras conversaciones y relaciones reproducimos estereotipos y lugares comunes o, de cuando en cuando, pensamos en lo que decimos y en cómo lo decimos; si leemos exclusivamente revistas de moda o ampliamos nuestro catálogo a alguna que otra historia estimulante y honestamente trabajada; si buscamos análisis profundos, música de ricos estímulos además de reventamos los oídos con el tronar de cuatro notas magistralmente organizadas e interpretadas por una máquina que funciona con el lenguaje del 0 1 o por su operador: el productor... Hay algunas posibilidades de elegir lo que se ve, lee o escucha, pero también, lo que se dice, dentro de los mismos círculos de difusión y usando las mismas herramientas y medios, y para la muestra algunos botones:
  1. El poema de Günter Grass sobre la política bélica de Israel y la tensa situación en Medio Oriente. Por él, Grass ganó una reprimenda y se le recordaron sus simpatías con los nazis hace muchos años. Pero eso no impidió que ese corto texto fuera traducido al español el mismo día en que salió y circulara en muchas pantallas del mundo (Lo que debe ser dicho // Was gesagt werden muss).
  2. Las mujeres desplazadas de Mampuján, un pueblo del Norte de Colombia, que dejaron testimonio de la violencia que los paramilitares desataron para sacarlas de sus tierras. Ellas decidieron contar su historia en un tejido que quedará como memoria y testimonio de su comunidad, pero además su actuar es difundido en un documental de Hollman Morris (Véase: entrada de julio 2010).
  3. El análisis de Naomi Klein a las estrategias que Friedman, Pinochet, Tatcher, los Bush y otros poderosos han usado desde la guerra fría siguiendo su “sombría compulsión de lo económico”, análisis que son difundidos en conferencias, en su libro publicado en 2007, Shock Doctrine, y en un documental:

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