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Primero estaba el mar de Tomás González

Entre todas las novelas de Tomás González, la mejor es Primero estaba el mar. Tiene la forma de una tragedia clásica en la que el agua funge como coro y describe un proceso de apresuramiento hacia una caída, un hundimiento. El rumor del mar nos acompaña a lo largo de la lectura. Pero el destino del héroe no lo determinan dioses, sino un ámbito agobiante. Al dejar en el agua la función del coro, al hacerla testigo de los hechos que acompaña los estados de ánimo de los personajes principales, González logra producir unas sugestivas escenas. Además, el agua es, en esta historia, una metáfora del fluir de la energía, aquello que está al comienzo y al final de la vida. De ahí que el epígrafe anuncie:


“Primero estaba el mar. Todo estaba oscuro. No había sol, ni luna, ni gente, ni plantas. El mar en todas partes. El mar era la madre. La madre no era gente, ni nada, ni cosa alguna. Ella era el espíritu de lo que iba a venir y ella era pensamiento y memoria.” Cosmología Kogui.


No me gustaron algunos estereotipos de la pobreza. Pero nadie pondría en tela de juicio la fuerza de los personajes. Fuerza que vemos incluso en los secundarios como la mujer de Octavio, cuya desidia se manifiesta su comida que sabe a caca.





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