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En el insomnio

En el insomnio se piensan cosas absurdas. No conseguir descansar nos hace especialmente sensibles y las experiencias de la vida diaria —las alegrías, los planes, los deseos, las tristezas, los problemas propios y ajenos— se vuelven desproporcionadas, llegan a parecer descomunales. Como los insectos del mundo de A través del espejo, que no por tener aspecto de juguetes o partes de cosas comestibles como azúcar, pan, mantequilla o uvas pasas, dejan de ser macabros para Alicia. Por eso se trata de un estado de impotencia y perplejidad. Virgilio Piñera, que seguramente fue uno de los atormentados por el insomnio, escribió un cuento que lleva el mismo título de esta nota. En él, el personaje se vuela los sesos y ni siquiera así logra descansar: “el hombre está muerto pero no ha podido quedarse dormido”, pues “el insomnio es una cosa muy persistente”. Borges en su poema “Insomnio” trató de captar ese estado de perplejidad e impotencia en el que por su mente pasaban inquietudes que no le permitían distraerse del cuerpo, suspender el estado de vigilia. Él llama al que no consigue dormir un “centinela de colocaciones inmóviles”, como si fuera un ser con perpetua consciencia, alguien que, además, contempla sus experiencias planteándose el riesgo de la “terrible inmortalidad”. En este poema Borges no llega al suicidio, pero ruega a la noche que sea de fierro, según dice, “para que no la revienten y la desfonden las muchas cosas que mis abarrotados ojos han visto”.

El insomnio... Sí, el insomnio. Y en medio mi insomnio me pregunto, como los insómnicos Borges y Piñera, si es posible el tormento de la vigilia perenne, si es acaso viable la inmortalidad, si será factible que no dejemos de tener conciencia de nuestro cuerpo, que nunca tengamos descanso. Entonces, ante lo estremecedor de semejante idea, cierro mis ojos, mantengo mis párpados muy apretados y trato de poner mi mente en blanco mientras espero que amanezca.

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