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Sobre la fuerza de la violencia en el arte

El año pasado se cumplió un siglo del estreno de La consagración de la primavera de Igor Stravinsky y en la sala Nezahualcóyotl la OFUNAM conmemoró el hecho con una potente interpretación, donde los espectadores pudimos sentir el brío de la violencia ahí representada. Aunque esta vez no había una lectura teatral de la obra como en su estreno, en esa simple interpretación musical no se perdía nada del vigor de la violencia que impera en ella. Los escuchas estuvimos en tensión entre el contrapunteo de las tubas, los violines y contrabajos y esa tensión aumentaba cada vez que la percusión hacía su entrada. Los golpes y los silencios nos dejaban en suspenso. Yo, como los demás asistentes, salí sobrecogida, tenía la piel de gallina. Pensé que era de verdad impresionante como esa obra expresa la violencia del rito de una forma tan bella, con semejante fuerza que ni la “reproductibilidad técnica”, ni la “banalización de la cultura” han podido turbar. No importa que suene en los “ringtones” de los celulares, no importa cuántas películas o comerciales hayan usado la obra, ella no pierde su vigor al ser interpretada por una orquesta.

Salí de la sala Neza y me introduje en el blanco, inmaculado y aséptico Museo de Arte Contemporáneo, MUAC. El contraste entre los dos ámbitos me impresionó. Entonces no pude evitar comparar. ¿Cómo ha expresado la violencia la plástica de hoy? Pensé en una obra, una de Doris Salcedo que vi justamente en el MUAC: la de las mesas de escuela al revés que hacen de materas. Hay algo muy insípido en esa obra que no logro definir muy bien qué es. Quizá es una forma demasiado intelectualizada que no produce sino, en el mejor de los casos –y con pocas excepciones–, sorpresa. Pero hay poca exploración de las técnicas expresivas y poco sentimiento, por eso no atrapa al espectador, no suscita una experiencia significativa en él. ¿Será una buena idea que no se acompaña de un tratamiento adecuado de los medios?, ¿será una super intelectualización del tema de la violencia relacionándola con la esperanza, que lleva a un punto de pasteurización? ¿Por qué resulta tan poco sugerente y estimulante pararse a ver ese conjunto de mesas de madera con plantas creciendo en medio de sus patas? Es cierto que el tema es la esperanza relacionada con la violencia, y no la violencia pura, pero la esperanza a la que apunta esa obra –que tuvo una investigación previa en comunidades que sufrieron una guerra despiadada en Colombia finalizando el siglo pasado– debería compeler al espectador a que sienta cómo la violencia puede tener tal ensañamiento y ferocidad que ella misma obligue a que a su paso prevalezca la esperanza y no el deseo de venganza.

Al final concluí que es posible que esa falta de fuerza de la plástica de hoy, lo insípidas que resultan la gran mayoría de las obras y lo poco que le dicen a la “emoción”, se deba a que se trata de un arte especulativo y no expresivo, arte al que corresponden espacios de atmósferas frías y estériles como en el que yo me encontraba en ese momento.

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