Ir al contenido principal

L'Ecume des jours

"La espuma de los días", título sugerente, lo bastante para encabezar una historia brutal. Si arriesgamos una interpretación de la metáfora, el título se podría explicar así: si la vida es como un río, lo que queda de ella es una espuma de desechos. Ese título se le ocurrió a Boris Vian y lo usó para encabezar una de sus obras publicada en 1947. Se trató de una novela basada en otra novela: Tres Camaradas (1938) de Erich María Remarque. En 2013, la historia, que ya contaba con por lo menos una adaptación al cine (1968) y cuatro más a teatro, fue retomada por Michel Gondry que hizo su propia versión.

  Al principio de La espuma de los días encontramos una atmósfera que embruja a su espectador. En la novela esto ocurre con descripciones cálidas, situaciones disparatadas y diálogos humorísticos; en la película, con recursos lúdicos que desde Ameli o La cité des enfants perdus, nos resultan bastante familiares. Lo interesante de esta historia es cómo esos recursos lúdicos, hiperbolizados con algo de “magia”, pronto van mostrando tintes amargos: la luminosidad se torna opaca, el amarillo y el rojo se convierten en gris, blanco y negro. Esto sucede al tiempo que el protagonista va dejando el trazo de la “espuma” de los días: el amor, una boda ridícula, su esposa enferma, su amigo adicto y, finalmente, la ruina. El escenario principal --la casa de Colin-- es poco a poco reducido y ensombrecido por una especie de moho. La sonrisa inicial se torna en ceño fruncido y amargura. El ingenuo protagonista pasa del amor y la abundancia, a la fosa común y al fango. La película, no iguala el nivel de sátira ácida que perfila la novela, sin embargo, sí logra recrear lo característico de sus ámbitos. Además, Gondry no deja por fuera algunas de las burlas irónicas de Vian. Por ejemplo, a la idolatría a los intelectuales y, en particular, a la figura de Sartre. Tampoco olvida algunos detalles poéticos como en aquella escena en la que Colin y Alise tienen un fugaz encuentro amoroso y, al tiempo, un rayo de sol cruza la gris y reducida sala.





Comentarios

Entradas populares de este blog

El desamparo: Kara Kitap de Pamuk

El libro negro, que leí en traducción de Rafael Carpintero, debería llamarse el libro del desamparo. La historia habla de Galip, un héroe que se convierte en un vagabundo extranjero, en los espacios en los que siempre había habitado. Caminando con él por su Estambul, en su progresiva desorientación, podemos sentirnos como cuando estamos solos recorriendo una ciudad que visitamos por primera vez, donde no conocemos a nadie y vamos dando tumbos. En las novelas de Pamuk encontramos hombres desamparados, enamorados no correspondidos u obsesionados con amores imposibles. En este caso, la aventura de Galip comienza con el abandono de su esposa Rüya, que lo deja en orfandad. Después de este abandono, para Galip las señales del mundo van perdiendo el sentido que antes tenían y se presentan de una forma confusa. Son las mismas personas, los mismos escenarios, pero hay algo que se muestra distinto: el tiempo se dilata, una cara puede en un instante parecer una y, en otro, tener una forma totalm…

Ciclón y decir lo innombrable

Francy L. Moreno H., “Ciclón y decir lo innombrable. De la homosexualidad a la función crítica del escritor” Gaceta del Caribe (La Habana), núm. 6 (noviembre – dicembre, 2015).
En:
http://redensayo.org/2016/04/07/ciclon-y-decir-lo-innombrable-de-la-homosexualidad-a-la-funcion-critica-del-escritor-de-francy-l-moreno-h/

En:
http://www.uneac.org.cu/sites/default/files/pdf/publicaciones/gaceta-6-2015.pdf

Eclipse

La penúltima ocasión que me apunté a un plan “ver un eclipse” fue hace más de quince años, en una sabana de un altiplano en los Andes. La última, hace unas cuantas semanas, tuvo lugar al lado del mar, en un malecón de un pueblo caribeño, cerca de una ciudad industrial.
En esta ocasión, mientras la luna se iba volviendo cada vez más pequeña y se posaba una sombra rojiza sobre su acostumbrado color blancuzco, escuchábamos el sonido del mar. Iban y venían personas caminado por el malecón o por la playa. Pasaban carros con baúles-parlantes que sonaban con potencia. Un amigo instaló su cámara y algunos de los caminantes se detenían a mirar por el visor, pues del aparato se desprendía una gran lente que resultaba atractiva. Unos metros más adelante habían algunos telescopios que permitían a los curiosos tener una imagen más clara de la gran luna roja por unas cuantas monedas. Los caminantes fueron agrupándose al frente de nosotros y no de los telescopios vetustos: el visor de mi amigo no so…