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Crónica de una negativa

Hace poco un viejo amigo me invitó a un concierto. Uno muy parecido a los que solíamos asistir hace más de diez años. Mientras él me trababa de convencer, yo comencé a recordar algunas particularidades de esos actos: montoneras, los parlantes que revientan los oídos, jóvenes apretujados, las requisas de la policía, el frío. De pronto me vi a mí misma como uno de los asistentes a un esperpéntico espectáculo de un cuento de Piñera.

Sucede que comenzando la década de los cuarenta Virgilio Piñera escribió un relato en el que la dueña de una casa de huéspedes atrapaba a sus numerosos clientes por meses con un ridículo espectáculo. Ese acto era muy sencillo: ella exhibía y explicaba un viejo álbum de fotos. Escogía una página del álbum y allí señalaba una foto que la llevaba a narrar la historia no sólo del instante de la foto, sino de los personajes que allí aparecían. Los espectadores se preparaban con mucha ansiedad, los más ricos pagaban las primeras filas, los más pobres llegaban con anticipación para quedarse con un buen lugar, aunque vieran bien poco. El acto podía durar meses y los asistentes compartían en un mismo espacio todas sus miserias. Defecaban, comían, dormían e incluso, una de ellas llega a morir ahí mismo. Todo juntos en el mismo lugar. El narrador comenta que en una ocasión tan pronto terminaba de defecar, su vecino le ofrecía un trozo de pollo. El talante del área en la que tanta gente se congregaba, lo describe la sugerente imagen de unas lámparas, cubiertas por caca de mosca, que se levantaban sobre esos espectadores.


Aquel día, mientras escuchaba las razones de mi amigo, se me antojó que el relato podía leerse como una burla a las dinámicas de muchos actos masivos de hoy, como los conciertos en descampados o estadios, donde docenas, cientos o miles pasan millones de incomodidades por horas y horas, que podrían llegar a parecer siglos, para sentir un extraño placer gregario. Además, como los más pobres de la casa de huéspedes de Piñera, muchos ni siquiera ven el espectáculo del escenario. A pesar de las incomodidades y los peligros que conlleva estar en un lugar, casi siempre muy bien enrejado y con pocas salidas para la multitud, la mayoría sale extasiada. Como el público que apreciaba el absurdo espectáculo de una vieja señora mostrado un viejo álbum de fotos, los asistentes al concierto coinciden en que se trataba de “un espectáculo magnífico”. No pude sino reír ante el recuerdo de mí misma hace algunos años en medio de semejantes ritos, mientras le respondía a mi amigo un definitivo: “No voy”.

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