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Eclipse

La penúltima ocasión que me apunté a un plan “ver un eclipse” fue hace más de quince años, en una sabana de un altiplano en los Andes. La última, hace unas cuantas semanas, tuvo lugar al lado del mar, en un malecón de un pueblo caribeño, cerca de una ciudad industrial.

En esta ocasión, mientras la luna se iba volviendo cada vez más pequeña y se posaba una sombra rojiza sobre su acostumbrado color blancuzco, escuchábamos el sonido del mar. Iban y venían personas caminado por el malecón o por la playa. Pasaban carros con baúles-parlantes que sonaban con potencia. Un amigo instaló su cámara y algunos de los caminantes se detenían a mirar por el visor, pues del aparato se desprendía una gran lente que resultaba atractiva. Unos metros más adelante habían algunos telescopios que permitían a los curiosos tener una imagen más clara de la gran luna roja por unas cuantas monedas. Los caminantes fueron agrupándose al frente de nosotros y no de los telescopios vetustos: el visor de mi amigo no solo era gratis, sino que mostraba una imagen más clara del satélite. Mientras Mario, el amigo de la cámara, tomaba sus fotos y permitía que los apostados en la fila miraran, las amigas nos retiramos un poco y nos sentamos en las rocas que separan la playa del malecón y hablamos del miedo a la naturaleza: de animales que despiertan pánico. Mis amigas recordaron viejas aventuras cuyos protagonistas eran insectos. Una de ellas contó que una señora vivía en una casa tan invadida de cucarachas que en una oportunidad se le metió una al oído: horror! Yo les conté mi aventura con una tarántula que espanté, se devolvió a atacarme y que del miedo bateé tan fuerte que la saqué por los aires. Vimos a nuestro alrededor cangrejos que salían y entraban de las rocas y pensamos en qué podríamos hacer si en ese instante, una tarántula salía de esas mismas rocas donde estábamos sentadas.

Fue entonces cuando recordamos por qué estábamos ahí: la luna. Esta ya había tomado un tono más oscuro: era un rojo espeso y negruzco. Los caminantes que querían ver por el visor de la cámara de mi amigo, se habían dispersado. Entonces las tres chicas de las rocas nos acercamos a mirar. Acordamos que no era suficiente la experiencia: esa luna no tenía mucha gracia, tal vez era la luz de los edificios del frente. Nos trepamos en el auto y fuimos a las afueras del pueblo. Pero la bola roja del cielo seguía igual: muy poco sugerente.  

Recordé entonces que como en ese momento, la penúltima experiencia “ver un eclipse”, la que había tenido lugar en el altiplano, había producido en mí una sensación similar: una pregunta por si eso era todo. Los amaneceres que veo en mis usuales clases de la mañana y los atardeceres de cada jueves resultan mucho más sugerentes, a pesar de que no son eventos tan esporádicos como los eclipses.

Igual, Mario tomó unas buenas fotos que, la verdad, muestran una imagen más hermosa que la insípida que captaron, en el momento, nuestros desgastados ojos:



Foto: Mario Acero

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